Es frecuente escuchar o hacer afirmaciones como “me dio gripe por el clima frío”, “si te duele la cabeza es por estrés”, “tengo jaqueca porque mi mamá las tenía y eso se hereda”, “soy alérgico porque así nací”, etc., éstas y muchas más aseveraciones son parcialmente ciertas.

Cuando las hacemos, hablamos como si una gripe fuera el producto de un determinado clima, o como si la jaqueca fuera provocada por una transmisión genética irreversible.

Empero, al pensarlo un poco más, nos daremos cuenta de que esto no es así ya que a pesar de que el clima puede ser helado, no todos nos enfermamos; no siempre el estrés provoca jaquecas ni las jaquecas únicamente tienen que ver con el estrés.

Tu cuerpo expresa lo que tu boca calla

El ser humano es demasiado complejo como para reducir sus padecimientos a un solo factor. Vamos a tratar de entender qué pasa con el tema de las enfermedades que son producto de algo no hablado.

Para empezar, el cuerpo biológico, esto es, la carne, los huesos, los músculos, los órganos, son el sustento de todo lo demás: de las emociones, los pensamientos, recuerdos, etc.

Uno no es posible sin el otro, entonces, la existencia necesita de un sustento corporal y mental que se afectan mutuamente. Respecto a lo mental, estamos acostumbrados a pensar que solo es aquello que pensamos y que identificamos como parte de nosotros: ideas, valores, creencias, prejuicios, preocupaciones, etc.

El poder de la mente

La mente también tiene una parte inconsciente que nos afecta todo el tiempo, hay contenidos de los que aparentemente no sabemos nada pero que provocan en nosotros ciertos estados de ánimo, enfermedades y conductas.

Por eso pasa que a veces una persona aparentemente “de la nada” se entristece o se enoja, o se enferma o repite patrones de conducta que no quiere repetir.

Es como si la mente consciente quisiera una cosa y el inconsciente empujara para el camino contrario. Entonces, nuestra existencia es vasta y compleja, el ser humano todo el tiempo está en conflicto, queriendo una cosa y haciendo otra, deseando algo y rechazándolo cuando lo obtiene.

Somos un conjunto de fuerzas conscientes e inconscientes, somos historias, estamos formados por vivencias alegres y traumáticas.

La única manera de organizar y digerir lo que nos pasa en la vida es hablándolo, pensándolo, llorándolo, poniéndole palabras a lo que sentimos, esto no siempre es fácil porque entre más difíciles sean las vivencias más se tiende a querer no saber nada de ellas.

Sin embargo, es paradójico, porque entre menos se habla de un suceso doloroso, más presente va a estar ¿Cómo? En forma de síntomas: depresión, ansiedad, ataques de pánico, trastornos alimenticios, enfermedades, ideas obsesivas.

¿Por qué habría que hablar de aquello doloroso o incómodo? Porque así puede dejar de tener efecto en nosotros, hablando, recordando, destapando la cloaca podremos limpiar, organizar, digerir y entonces será menos probable que actuemos todo ese dolor de otra forma.

Libera el dolor y permítete ser feliz

Cuando se evade lo doloroso la mente se satura y entonces, es necesario un gasto extra de energía para poder seguir funcionando, las defensas bajan y uno queda más expuesto a todas las enfermedades.

En este sentido, la persona hace un gran esfuerzo por hacer como que nada pasa,  se tiende a decir “prefiero dejar eso en el pasado”, “a lo que sigue”, “solo hay que mirar hacia delante”, etc., pero en realidad en algún lugar de ella o de él sigue vivo aquello que ha negado y que tarde o temprano minará la salud física y mental. Por eso vale la pena hablar, pensar, escribir, llorar, gritar. ¡Libérate del dolor!

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